La organización de los revolucionarios
Folleto de recopilación de textos núm. 3
marzo de 2001
Sumario:
— Delimitar las responsabilidades y tareas dentro de la Dirección
— Sobre la organización clandestina y su relación con el trabajo de masas
— Sobre el funcionamiento de las comisiones del C.C.
— Sobre los dirigentes del Partido y el estilo de trabajo
— Sobre el funcionamiento y la seguridad
— ¡Imaginación, audacia, iniciativa!
— Sobre el espíritu de Partido
— La planificación del trabajo práctico
— Nota sin título
— Actas del Pleno del Comité Central de agosto de 1990
— El Partido somos todos
— Combinar el trabajo colectivo con la iniciativa individual
— El Partido somos todos y cada uno
— Elevar continuamente la conciencia política
— El Partido responde por sus militantes, cada militante responde ante el Partido
— Corregir nuestros propios errores, mejorar el estilo de trabajo
Se precisa de una verdadera organización revolucionaria formada por auténticos profesionales, bien preparados en los aspectos teóricos y prácticos y que sepan realizar su trabajo; es decir, una organización que actúe guiada por una teoría revolucionaria y en la persecución de unos objetivos políticos de clase. Esta organización, naturalmente, sólo podrá fortalecerse y desarrollar su actividad desde la clandestinidad y en estrecha relación con las masas, lo que exige, entre otras cosas, aplicar determinados métodos de funcionamiento y normas de seguridad que le permitan defenderse de los golpes de la reacción y preservar al mismo tiempo su trabajo. De esto se trata, precisamente, de proseguir este trabajo, incorporando a él a todos los que de verdad están dispuestos a hacerlo.
Del artículo Mantener el rumbo trazado, Informe Político presentado
por M.P.M. (Arenas) al IV Congreso, septiembre de 1998
Delimitar las responsabilidades y tareas dentro de la Dirección
Fragmento del Informe Político presentado por M.P.M. (Arenas) al
Pleno del Comité Central, enero de 1989
PCE (reconstituido)
No me parece que sea necesario recordar aquí los principios y las normas que sirven de base a la organización y al funcionamiento del Partido. El trabajo político clandestino y el funcionamiento según el principio del centralismo democrático se han convertido ya en un hábito para nosotros, de manera que no podríamos adoptar otro diferente. No obstante, en la labor diaria se viene observando una falta de rodaje que provoca algunas veces malentendidos y dificulta el buen funcionamiento. Este es un problema menor o secundario que no debe distraer nuestra atención. Para resumir, diría que resulta inevitable que aparezcan ahora este tipo de problemas. Estamos formando una nueva dirección y la cohesión necesaria no la vamos a obtener de otra manera que no sea trabajando y discutiendo juntos todos los asuntos del Partido, buscando las mejores soluciones a los problemas. ¿Que uno u otro se acalora un poco en las discusiones?, eso no es malo siempre que lo haga con razón y los gritos no lleguen a oídos de la pasma, porque entonces sí que la tenemos jodida. Al final, naturalmente, habrá que llegar a conclusiones y tomar acuerdos que nos permitan llevar a cabo acciones de forma conjunta.
No hay que temer la discusión, la crítica y el debate interno. Al contrario, debemos fomentarlo, huyendo del formalismo. Como organismo vivo, abierto a la sociedad, el Partido tiene que reflejar de alguna manera las contradicciones que se dan en ella. Las unanimidades no son buenas ni para ir a comer, pues rara vez son expresión del estado de espíritu de un colectivo tan complejo, formado por tan diversos caracteres, capacidades y voluntades que forman el Partido. Por eso, son absolutamente necesarias las normas de organización y funcionamiento... porque no existe, ni puede existir jamás unanimidad en todo o casi todo. Necesitamos esas normas, ya que sin ellas no podríamos hacer nada serio y los esfuerzos se perderían en un mar de discusiones inútiles. Las normas de funcionamiento son como una convención aprobada y admitida por todos los camaradas. Nadie puede contravenirlas sin situarse fuera del Partido, lo que le privaría de todo derecho. Esta convención tiene como fundamento el sometimiento de la minoría a la mayoría y de la parte al todo, representado por el C.C. elegido en el último Congreso del Partido. Este principio básico presupone la libertad de discusión y de crítica; es decir, el derecho de la minoría a expresar libremente sus opiniones, pues no es posible que todos podamos tener siempre, y no importa en qué situación o de qué problema se trate, una misma e idéntica opinión. Además, ¿quién puede asegurar que la mayoría tiene siempre la razón? La libre discusión de las ideas y el debate nos ayudan muchas veces a comprender mejor las cosas y en todos los casos enriquecen y mejoran el trabajo de todos. Cierto, no se trata de discutir por discutir. No formamos una secta filosófica o un ateneo libertario. Tampoco podemos permitir la formación de tendencias o fracciones. Para eso existe la vida política interna y la lucha ideológica: para dirimir las diferencias inevitables e impedir la formación de grupos o fracciones enfrentadas dentro del propio Partido. El Partido Comunista no es la suma de sus partes, sino un todo unido por la misma concepción del mundo, una misma línea política, unas mismas normas de organización y una sola disciplina.
La discusión hay que llevarla a cabo con un método, ya que de esta manera se facilita que pueda triunfar siempre lo correcto sobre lo erróneo. Por ejemplo, se debe seguir un orden del día y tener presente el tiempo disponible, de modo que al final se puedan tomar acuerdos de tipo práctico. Yo mismo he cortado alguna vez a algún desmadrado o desmadrada por no atenerse a una norma en las discusiones. Pero la discusión o el debate son necesarios y muy convenientes. Hay que alegrarse de que, de vez en cuando, estalle en el Partido una tempestad, porque eso demuestra que no estamos fosilizados, que seguimos vivos y que no nos hemos apartado de la realidad, mil veces compleja y siempre cambiante. Así es como se forjan y se fortalecen la unidad y la disciplina interna del Partido, no en base a las órdenes o apelando a las supremas autoridades. Necesitamos esa unidad y esa disciplina más que ningún otro partido, dada la naturaleza del trabajo que estamos realizando, y porque, además, nos hallamos bajo un continuo bombardeo cruzado del enemigo. Nadie que no sea un verdadero comunista sería capaz de soportar toda esa presión que tenemos encima. Y esto lo soportamos nosotros por la fuerza de nuestras convicciones, por la firmeza con que defendemos los principios. Nuestra unidad y disciplina se basan en esos principios que nos han dado vida como organización, no en las unanimidades que matan.
En el Partido tiene que haber plena libertad de discusión para que pueda darse la unidad de acción tan necesaria en la lucha revolucionaria. Lo que no permitimos ni permitiremos nunca es el liberalismo. El liberalismo ya sabemos lo que significa en resumidas cuentas: cada uno tira por su lado cuando no le conviene una cosa o no puede llenar su bolsa. La situación de la clase obrera no le permite ser liberal en ninguna circunstancia. Precisamente, su misión histórica consiste en enterrar para siempre el individualismo y el egoísmo liberal burgués. Con más razón, debemos rechazar todo individualismo, todo señoritismo y todo egoísmo personal en el Partido.
Tampoco pueden permitirse en el Partido las relaciones de compadreo y ordeno y mando. Todos conocemos las consecuencias que trajeron ese tipo de relaciones. Pero lo que, desde luego, no puede volver a ocurrir es que una parte de la dirección contravenga los acuerdos y decisiones tomadas en el Pleno del C.C., se arrogue el derecho de decidir por los demás camaradas de la dirección en asuntos que afectan al conjunto del Partido, ponga obstáculos a la labor de los demás y aun se obstine en no querer discutir. Un hecho como éste sólo ha podido ocurrir, para vergüenza nuestra, en una situación de debilitamiento orgánico e ideológico del Partido, cuando apenas sí se hacía vida política interna ni se tenía planteado realizar ningún trabajo entre las masas. Esto dio lugar al relajamiento, a que se fueran incubando las relaciones de amiguismo y a que se arrinconaran finalmente los principios de organización y funcionamiento.
Por eso no podemos cargar las tintas, como se ha hecho algunas veces, en la responsabilidad de un solo camarada o de varios. No se puede acusar a la inconsciencia por el daño que se ha podido cometer. Eso es algo que nos compromete a todos.
La crítica debe estar orientada a poner al descubierto las causas o la raíz de los problemas y no a andar buscando por las ramas para luego formar juicios disciplinarios, decretar expulsiones y esas cosas. De esa manera hemos podido recuperar muchas veces a muy buenos camaradas que se habían perdido en medio de la hojarasca. Esta posición, en apariencia tolerante, responde a nuestro método de resolver las contradicciones dentro del Partido y siempre ha dado muy buenos resultados, nos ha fortalecido. Por eso hoy podemos dar por zanjados los graves problemas que se nos habían planteado sin que haya tenido lugar ninguna escisión ni rompimiento en el Partido, independientemente de que aún pueda quedar alguna cabeza dura, cerrada a todas las evidencias. Pero esto tampoco nos debilita; ocurre más bien lo contrario: nos sirve de modelo para mostrar lo que no se debe imitar.
En fin, quiero subrayar que ningún asunto relacionado con la actividad del Partido, su organización o estado de cuentas, podrá ser ocultado a la consideración de los camaradas aquí presentes, salvo, naturalmente, aquellos aspectos que afectan a la seguridad. Este principio tiene particular importancia a la hora de abordar el trabajo de las comisiones, donde el tratamiento pormenorizado de todos los problemas y situaciones, en especial de aquéllos que les afectan más directamente, reviste una importancia capital.
Sobre la organización clandestina y su relación con el trabajo de masas
Todos sabemos que el reducido número de militantes y la escasa preparación de la mayor parte de ellos es uno de los problemas más acuciantes que tiene planteado nuestro movimiento. Esto nos obliga a tener que tirar continuamente de camaradas de las organizaciones locales para cubrir las crecientes necesidades del aparato del Partido y para llenar los huecos que va dejando en nuestras filas la represión. El desconcierto que este despojo provoca entre los camaradas de base, los simpatizantes y demás personas relacionadas con el Partido, es manifiesto. Algunos dicen que no nos preocupa lo más mínimo el trabajo de masas o que lo abandonamos para dedicarnos a no sé qué cosas. Otros incluso han llegado a decir que, claro... como en la clande se vive de puta madre.... En fin, hay que considerar que en el fondo de todas estas habladurías existe una preocupación sana, legítima, por la marcha del trabajo del Partido. Lo que ocurre es que no les aclaramos las ideas respecto a los verdaderos objetivos y necesidades del Partido. En lugar de dar esas explicaciones salimos por peteneras y, claro, así no nos van a comprender nunca.
Nosotros consideramos que el fortalecimiento de la organización clandestina del Partido no sólo no supone un debilitamiento del trabajo de masas, sino que lo fortalece, lo amplía a otros campos y capas de la población, lo enriquece. Esta es la concepción que nos ha guiado siempre. Ocurre, no obstante, que los militantes dedicados al trabajo práctico no suelen apreciar el problema en su conjunto, sino desde una óptica localista, limitada, estrecha, cuando no meramente sindical. De ahí surge esa aparente contradicción, a la que antes aludíamos, entre el trabajo político clandestino y ese trabajo de masas de tipo más abierto. En todo caso, la diferencia estriba en que el C.C. del Partido, desde una visión más general de las condiciones y de las necesidades del movimiento en su conjunto, procura imprimirle una dirección verdaderamente revolucionaria, no localista ni sindical o reformista.
Para eso necesitamos crear, antes que nada, una dirección fuerte y esclarecida que proceda a organizar el trabajo revolucionario a nivel de todo el Estado y que se esfuerce por abarcarlo, dotándose de todas las fuerzas y medios necesarios para ello. Es fácil comprender que los militantes que han de formar parte de esta dirección sólo pueden provenir, en su mayor parte, de las organizaciones locales del Partido. Tenemos que sacarles de allí, pues no disponemos de ninguna otra cantera. Esto provoca, qué duda cabe, un debilitamiento relativo de las organizaciones locales y esa lentitud que se observa en el desarrollo del trabajo de masas. Pero, a cambio, ganamos en términos absolutos al dotar al movimiento en su conjunto de unos objetivos y una dirección verdaderamente revolucionarios, no localistas ni limitados. También garantizamos algo tan importante como es la continuidad del trabajo en todas y cada una de las localidades para el caso de que se produzcan detenciones o caídas. Nada de esto sería posible si careciéramos de un aparato político fuerte y estable. La misma reacción, las fuerzas represivas del Estado ¿no apuntan siempre a la dirección del Partido, buscando descabezarlo, para debilitar al movimiento? Algunas veces lo han conseguido, al menos parcialmente. Pero esto ha sucedido no porque nosotros descuidáramos el trabajo de masas, sino por no haber contado con una organización clandestina bien estructurada, en la que todos y cada uno de sus miembros supieran defenderse en la lucha contra la policía política e hicieran de la actividad revolucionaria su única profesión; eso ha ocurrido por no haber sabido abordar correctamente el trabajo de masas, por la falta de preparación de que adolecen la mayor parte de los camaradas dedicados al trabajo práctico, etc.
Siguiendo aquella concepción, conseguimos, primero, reconstruir el Partido y, más recientemente, recomponer sus filas y dotarlo de una nueva dirección. Esta nueva dirección es aún débil y habrá de ser estructurada. En ello estamos. A partir de ahora, es de suponer que las organizaciones locales del Partido podrán crecer más rápidamente y extenderán su actividad política entre las masas. Esta ha de ser una de nuestras más importantes preocupaciones y deberá traducirse en la elaboración de planes concretos de trabajo, así como en la labor sistemática que realicemos para llevarlos a cabo.
Sobre el funcionamiento de las comisiones del C.C.
El funcionamiento por comisiones responde al principio de centralización y división del trabajo que, como ya sabemos, permite a un número de militantes especializarse en un campo determinado de actividad. De modo que, por ejemplo, la Comisión de Organización habrá de ocuparse de todos los asuntos relacionados con la dirección del trabajo local, del encuadramiento de los militantes, etc. La Comisión de Propaganda tiene encomendado el órgano del Partido, el aparato central y la distribución de la propaganda. Habría que estudiar la posibilidad de constituir un comité de redacción adjunto a la Comisión de Propaganda. Esta medida nos descargaría a los demás de una parte de este trabajo, al tiempo que permitiría incorporar a otros militantes a la labor de propaganda. A la vez, se podría establecer una relación más estrecha del órgano del Partido con corresponsales y otras personas que estén dispuestas a prestar su colaboración, cosa que de otra manera no se puede hacer sin poner en serio peligro la seguridad de la dirección. La Comisión Política tiene la misión de vigilar por la aplicación de los acuerdos y resoluciones tomados en los Plenos, coordinar el trabajo de las demás comisiones e intervenir para resolver los desajustes que puedan surgir en el curso del trabajo. Será competencia del responsable de cada comisión fijar el orden del día y determinar, de acuerdo con los demás componentes de la misma, la frecuencia y el lugar de las reuniones, mientras que los contactos intercomisiones habrán de realizarse, mediante previa consulta, a través de la Comisión Política. En fin, seguramente surgirán numerosos detalles que deberán ser tenidos en cuenta, sin que por ello sea preciso reglamentarlos. El esquema general de funcionamiento puede ser el que acabo de esbozar, ateniéndome a las experiencias que ya poseemos.
Ante todo, se trata de combinar la mayor centralización posible (en lo que afecta a la dirección política y demás asuntos clandestinos del movimiento) con el máximo de descentralización respecto a la realización práctica de los planes y tareas acordadas, asegurando la dirección colectiva y la estanqueidad en la organización. Hay que tener presente que en este terreno, como en todos los demás, no partimos de cero. Contamos con una larga experiencia de trabajo conspirativo clandestino y de funcionamiento centralizado democrático que debemos transmitir a los nuevos camaradas responsables no sólo en teoría, sino, principalmente, de forma práctica. Esta es la mejor escuela que pueden tener.
Este sistema de funcionamiento va a resultar más complejo que el que hemos tenido últimamente, exigirá de parte de cada uno una dedicación más atenta a su trabajo y un control mucho más riguroso sobre la tarea de los demás.
En el Partido, y menos aún en su dirección, no hay lugar para el liberalismo. Esto ya lo hemos apuntado y no creo que sea preciso insistir mucho más en ello. Nuestra disciplina es férrea porque es consciente, no porque nos la imponga nadie; es una disciplina asumida por todos los militantes como una necesidad derivada de la lucha de clases, de la naturaleza del Estado que estamos combatiendo. Lenin justificaba la ruptura de la disciplina del Partido sólo en los casos de graves atentados contra los principios. De ahí la importancia de los principios para el mantenimiento de la unidad del Partido. No es con apelaciones a la disciplina como ésta se refuerza, sino combatiendo al enemigo de clase, atreviéndose a llevar a cabo la revolución, combinando el espíritu revolucionario con un buen estilo de trabajo.
Sobre los dirigentes del Partido y el estilo de trabajo
Quiero insistir en esto último. Un militante blandengue, sin firmes convicciones, sin una sólida preparación teórica, sin iniciativa, incapaz de desenvolverse por sí mismo y de tomar decisiones, nunca podrá llegar a ser dirigente del Partido. Y la clase obrera de nuestro país necesita estos dirigentes. Nosotros debemos rechazar la concepción burguesa del revisionismo que intenta, por todos los medios, desarmar a las masas obreras y enfrentarlas a sus dirigentes y jefes naturales para imponerles otros promovidos por la propia burguesía, siempre obedientes a sus dictados y a la política de colaboración de clase. Pero la solución de este importante problema no consiste en la exaltación de un solo dirigente del Partido para que descuelle (y nunca mejor dicho) sobre los demás. Nosotros no tenemos fijada ninguna meta personal, no estamos empeñados en ninguna carrera. Esta práctica que se observa en algunos partidos (por fortuna jamás la hemos visto aparecer en nuestras filas) y la concepción que envuelve son erróneas y muy perjudiciales. En nuestro Partido no hacemos, ni debemos hacer nunca, distinciones entre dirigentes más allá de las que vienen determinadas por las responsabilidades de cada uno. La responsabilidad no es una carga, pero tampoco es un premio, y ha de obligarnos a ser prudentes y modestos. Los dirigentes y jefes de una clase o de un partido los da la vida misma, el desarrollo de la lucha de clases y la propia evolución interna del Partido, sin necesidad de proclamarlo a gritos todos los días, en cada escrito o documento y, menos aún, de imponerlo como un castigo divino. Estas prácticas, estos autoendiosamientos, si demuestran algo no es sino mezquina debilidad mental. Los jefes del proletariado surgen en la lucha y se destacan de forma natural. Por eso no necesitan ser exaltados, ni lo consienten. El viejo Marx solía decir: No doy un céntimo enmohecido por mi popularidad. En este punto, nuestro interés ha de estar centrado en promover el mayor número posible de dirigentes del Partido. El Partido ha de tener no uno, sino varios dirigentes probados, hombres y mujeres dotados de un gran espíritu revolucionario, entregados enteramente a la causa, que sepan hacer bien su trabajo y con la suficiente autoridad moral como para no tener que apelar a ella en cada momento.
Sobre el funcionamiento y la seguridad
Extracto del artículo de M.P.M. (Arenas) Reorganizar el Partido
publicado en Resistencia núm. 1, mayo de 1985
La división y la especialización del trabajo es otra de las garantías fundamentales para el buen funcionamiento de la labor partidista. Forjarnos como auténticos profesionales de la revolución es una necesidad que viene impuesta no sólo por la envergadura y gran complejidad de la labor que habremos de realizar, sino, particularmente, por la lucha que venimos sosteniendo contra la policía política. Hay que acabar con los métodos artesanos de trabajo en la Organización, en la que todos venían haciendo de todo y ninguno dominaba bien una labor concreta [...]
La especialización presupone la centralización; es decir, la discusión y la elaboración de forma colectiva de los planes y la adopción de acuerdos y resoluciones; es lo que denominamos vida orgánica del Partido. Este tipo de funcionamiento no es caprichoso, sino que obedece al carácter centralizado y democrático del Partido, así como a la naturaleza misma del trabajo que venimos realizando.
Tal como acabamos de ver, esta labor tiene que ser rigurosamente clandestina. La clandestinidad, más la centralización, más la especialización, más la crítica y la autocrítica, son los métodos fundamentales de organización y funcionamiento partidista [...] sobre la base de la discusión franca y abierta y la adopción colectiva de los acuerdos, cada organismo y cada militante deben asumir plenamente sus responsabilidades y tomar todo tipo de iniciativas, de manera que puedan hacer más eficaz y segura su labor. Esto es absolutamente necesario hacerlo si no queremos condenarnos a la parálisis, a quedar atrapados en un ultrademocratismo inoperante y estéril. Mas con esto no se agota la responsabilidad que compete a cada uno. Además, todo militante tiene el deber de informar (y hacerlo bien) regularmente de su trabajo al organismo correspondiente y preocuparse porque los demás también lo hagan.
Partido Comunista de España (reconstituido)